En días pasados, contemplé una escena que me pasmó; un padre de familia en solitario, posiblemente soltero, no lo sé, estrechaba la mano de su hija antes de que ella entrara al colegio, en una de tantas escuelas primarias de Zacatecas que no cuentan con recursos físicos solventes para hacer frente al COVID, como se debiera.

Tal vez ese señor acababa de perder su empleo, o quizás no lo tiene hace más de un año, a consecuencia de las actuales condiciones sanitarias; el sujeto miró partir a su hija con esperanza, pero en el fondo de su mirada habría quizás un dejo de tristeza.

Supimos después que él, como todos los demás pudieron, con sus propios y escasos recursos, hicieron frente a la desinfección de múltiples planteles escolares de educación primaria y asistió a limpiar excusados, lavabos, patios y salones, con el fin de que sus hijos comenzaran a recibir aquellas lecciones que dejaron de presenciar durante este lapso.

Y es que, en Zacatecas, de 4 mil 500 escuelas primarias, hay que decirlo, al menos 10 por ciento no cuenta con agua potable; en muchos de los casos no tienen ni servicios sanitarios y, como ustedes saben, la educación no puede cundir en condiciones tan adversas, desde el punto de vista material.

El señor comenzó a caminar por la estrecha calle y yo lo seguí con la mirada hasta que lo vi desaparecer. Como él, muchos más, hombres y mujeres, dejaron a partir del pasado lunes a sus hijos en las escuelas, con un profundo deseo de que ellos logren conquistar algo bueno para sus vidas.

Pero también, sobra decirlo, con el temor de que en cualquier momento, y bajo cualquier descuido, pudieran sufrir los embates del virus, que asuela a la humanidad en esta segunda década del naciente siglo.

Las cosas ya no son como antes, como cuando escuchábamos en las noticias que un huracán había estremecido a Haití o que un terremoto, de magnitud 8 grados, devastó poblaciones enteras en Afganistán, mucho más allá de ese renaciente terror extremista que provocan los talibanes, quizás hoy más fortalecido que nunca.

Es decir, que todo eso pasaba en las noticias, lejos, muy lejos de nuestra pacífica vida hogareña.

Hoy, suceden imágenes de los estragos causados por “Nora” en las costas del Pacífico de la República Mexicana, pero ya no podemos decirnos: “Ah, eso les está ocurriendo a otros, en otra parte del mundo, no a mí, ¡que felicidad!”.

Y, sin embargo, algo en el fondo nos permite identificar de inmediato que, en la celeridad tecnológica de las telecomunicaciones actuales, las desgracias que les ocurren a los demás también podrían ocurrir en cualquier momento a mí, a nosotros, a nuestras familias.

Y créanme, no se trata de la lectura del tarot o de los influjos bíblico-apocalípticos que presagian el final de los tiempos, con las hermenéuticas de San Juan en la isla de Patmos.

Es algo más; son llamados cada vez más elevados de un reino, como el natural, sometido a la más grande devastación de todos los tiempos.

Porque debemos saber que el virus coronario no surgió jamás en ningún laboratorio para dañar a la humanidad, sino como un mecanismo de respuesta de muchas especies animales que hemos borrado de la faz de la tierra, que eran capaces de contener en sus organismos todos los microorganismos que ahora comienzan a afectarnos a nosotros, los pobres humanos.

Quieren y hemos querido, todos y todas, acostumbrarnos a las nuevas leyes de la muerte, a no poder sepultar a nuestros seres queridos porque todo es virtual, ese ser amado fenece frente a las pantallas sin poderlo abrazar, sin exclamarle una despedida final. Como un espectáculo circense barato, que se cierne a diario sobre todos nosotros, ¿no es cierto?

Porque lo que pasa a otros, ya me está pasando a mí y no estamos haciendo nada por detenerlo. No estamos haciendo nada para entender que eso no es vida; podrá ser cualquier otra cosa, pero no es vida.

Aquel padre debió caminar pensando en aquello que más ama en el mundo, esperanzado en volver por su hija y quizás comer juntos, mirar pasar la vida, ir al cine, abrazarse tiernamente. Recuperar la idea de que alguna vez fuimos humanos.