Para nuestra amada amiga periodista Elda Maceda, periodista cultural… Descansa en paz, sonrisa eterna.

En la discusión permea el ánimo, el acto de decidir entre los habitantes de la entidad, de toda la entidad: ¿Debemos mandar a nuestros hijos a clases este lunes 30 de agosto?

En el ámbito de las ambigüedades, de las decisiones, ninguna hubo antes más compleja que tratar de elucidar la mente entre dos opciones complicadas, no contempladas con anterioridad bajo ningún tipo de similares circunstancias, si es que alguna vez las hubo.

Sabemos que en Zacatecas, al menos 40 por ciento de las escuelas, colegios y centros educativos públicos se encuentran en pésimas condiciones sanitarias, con baños improvisados o simples letrinas, sin agua potable, ventanas, paredones o techumbres.

Nuestras carencias son tantas y tales que tardaríamos días en elaborar largas listas de requisitos que no se cubrirían de un solo plumazo, sobre todo cuando a Zacatecas le ha tocado siempre la de perder ante la idea de que aquellos que nacieron pobres, deberían -bajo esa condena histórica- permanecer jodidos toda la vida.

Las disyuntivas que en ese sentido se presentan a los padres de familia este verano no son por ello simples; en las páginas de En La Mira, muchos de ellos declararon, no hace mucho, todo tipo de sensaciones, que van del miedo hasta la angustia y la ansiedad, ante la sola idea de que sus hijos, nietos, sobrinas y parientes partan a contagiarse a las escuelas, al reinicio de clases este lunes y al borde de la luz roja.

Vecinos de toda la entidad confían más en sus propias conciencias, en sus personales condiciones, en la intuición cotidiana que les brinda el contacto con la realidad.

Saben que un pequeño error en ese sentido pondría en predicamento al pequeño o a la pequeña y, con ello, al resto de la familia, la que apenas habría comenzado a bregar en los desoladores mares de la condicionalidad insalubre que padecemos.

Ocurren tantas cosas dignas de experimentarse, conocerse, difundirse o simplemente sufrirse en Zacatecas, que una noticia triste más arrojaría a muchas de esas familias a la desdicha más grande de sus vidas.

Incluso, causaría estragos en aquellos que padecieron ya la pérdida de seres queridos, a causa del malestar que asuela a la humanidad en este momento.

Se llama cultura de la muerte en cierto sentido y con ella hemos convenido ya todos, desde los medios de comunicación hasta las redes sociales, las que por desgracia han pasado a formar parte de la cotidianidad humana, como si fuera la única salida a todos nuestros problemas.

Nos hemos aclimatado a ella como un cálido día de verano, cuando en realidad, desde el punto de vista humano, representa una tremenda sensación de frío en el corazón.

Hace poco murió por mis sectores un párroco que era algo así como el más apreciado en las homilías dominicales, quien en el discurso predicaba el orden y la cercanía con lo divino. No lo vamos a juzgar aquí, pero de todo su discurso, justamente eso era lo que él menos practicaba.

La inmersión en la violencia en que nos encontramos nos plantea un tremendo abismo entre eros y thanatos, vida y muerte.

¿A dónde queremos ir en Zacatecas con tal desastre social cotidiano? que, habiendo surgido en los hogares, ha permeado al momento toda la estructura social, y no hablo aquí de pureza, credos, condiciones ideológico-religiosas o lo que se parezca, sino porque toda esa violencia ya terminó por dañarnos de esta manera.

Cautelosos, padres y madres de familia se piensan bien el discurso, algo en su interior les dice, en casos documentados, que no es el momento de que sus hijos vayan a la escuela, en opinión de muchos.

Esa intuición les indica protegerlos por ahora, hoy más que nunca, tratar de reconvertir aquellos fantasmas de la soledad y el encierro en la aceptación de todas las debilidades humanas y recomenzar, aunque suene redundante, recomenzar de nuevo.