A unos pasos del desastre ecológico mundial, no lo digo yo, lo expresan algunos científicos alrededor del planeta, es posible que la Tierra, es decir, el mundo que habitamos, entre en colapso, tanto como en 2030, es decir, en nueve años más.

Se requeriría entonces algo así como cierto cambio de mentalidad para tratar de observar -aunque aquello de hacerle a la adivinación, la verdad no se me da-, una cantidad creciente de alteraciones en vastas regiones del planeta, de alguna manera asociadas al cambio climático.

Cierto es que durante las dos últimas centurias la humanidad ha creado y multiplicado la democracia, aunque esto fuera sólo aparente, de una serie de beneficios científicos y tecnológicos que, para el caso de los desechos plásticos, amenazan con convertirse, si no es que ya lo han hecho, en una de los mayores lastres por la suciedad que le hemos arrojado al planeta, en todos sus espacios: mares, ríos, lagos, lagunas, montañas, selvas, bosques y desiertos, con la consecuente depredación de distintas especies que ahora le hacen mucha falta a la homeostasis planetaria.

Traduzco; nunca como ahora, habría la humanidad causado tantos y tales destrozos al entorno ecológico, en la esperanza vana de que todo ese cúmulo de condiciones nunca terminaría por revertírsenos.

Pues lejos de atribuir a la conspiración sino-soviética, la aparición del temible COVID-19, las condiciones explicativas de la mayor parte de científicos del planeta, se orientan a pensar que, lejos de ser un invento humano que se escurrió de algún laboratorio, el microbio pasó más bien de un surtidor natural humano que pudo ser frenado en su desarrollo y expansión si hubiésemos respetado la vida de diversas especies animales que lo habrían contenido pero que, en su lugar, terminamos por modificar en sus hábitat y, en consecuencia, aniquilar para siempre.

Este ya no es el momento de culpar a nadie, ni siquiera a la Revolución francesa de 1789 que dio origen al capitalismo como modelo transformador de desarrollo, así como tampoco a la Revolución Industrial inglesa o la reoperancia del neoliberalismo mundial en las figuras de Reagan y Thatcher, que se aplicaron cual fórmulas facciosas en nuestro país, sino a algo más contundente: poco sabe, porque conoce la actual humanidad de su pasado reciente.

Aquellos que nacen en estos tiempos, lo hacen, pero desconectados por completo de la identidad con el entorno ecológico que les rodea ya que las conexiones se dan en fuertes virtuales que operan cambios en su mentalidad antes de llegar a este mundo.

Por ejemplo, veintiún millones de personas viven en la ciudad de México y en esa zona de dos mil kilómetros cuadrados, pocas son las áreas verdes de esparcimiento y convivencia, ya que por lo general es una urbe de enorme altitud, cubierta la mayor parte del año de gases venenosos y atmósferas irrespirables.

Esa es una de las amenazas reales para la actual sobrevivencia del planeta, pues se calcula que, de seguir las cosas como van, en nueve años, es decir, cuando el reloj contenga ambas manecillas en paralela vertical, en punto de las doce, el clima podría haber variado de uno a tres grados centígrados hacia arriba con las consecuencias que apenas comenzamos a visualizar en el entorno o, como dice una vieja melodía rockera: “Y todo tu dinero no te podrá comprar un minuto más”. Hay que mirar hacia ese futuro, si lo intentamos podría no ser tan sombrío.