Este miércoles presenciamos uno de los eventos más atroces de los que tengamos memoria en el estado, las imágenes relacionadas con el destrozo de uno de los portones del Teatro Fernando Calderón a manos de un grupo de vándalos arropados por otro vándalo para “hacerle ver” a Napoleón Gómez Urrutia que, con todo y su libelo, al menos en Zacatecas “es un indeseable”.

Durante los videos pudimos presenciar cómo un grupo de choque desgajó de cuajo la puerta y además lanzó todo tipo de piedras en contra de la misma, a la par que una de ellas se incrustó en el vitral, para luego seguir lanzando pedrajones al interior del histórico monumento.

Hubiera sido muy bueno que Gómez Urrutia, lejos de culpar a su amigo Carlos Pavón, eximio priísta, diera algo de los 55 millones de dólares que dicen sus acérrimos enemigos les debe hace más de 15 años, con el fin de reparar las puertas del Calderón.

Esta misma mañana, el rector Rubén Ibarra Reyes salió a decir algo así como que: “no se iba a encarcelar a nadie” por los hechos, lo que traducido en otros términos significa que en Zacatecas, cualquier delincuente vulgar puede destrozar lo que queda de la ciudad y jamás va a recibir un merecido.

Además, las autoridades capitalinas tampoco se han expresado al respecto, lo mismo que la Junta de Monumentos, por lo que ese hecho atroz, que pone de rodillas a Zacatecas se reitera una y otra vez con todo lo que ello significa de esa cursilería llamada oportunismo que embadurna las bocas de muchos para decir que “somos ejemplo de cariño y cuidado de nuestra ciudad” pero se los olvida que también lo somos de barbarie e inconmensurabilidad troglodítica.

No hace mucho fueron las feministas, con quienes compartimos el derecho a manifestarse para exigir respeto a su dignidad y que cesen los feminicidios cuyas brutales cifras han ido en aumento en la entidad.

Luego vinieron las proabortistas que pintarrajearon las columnas del teatro y que aún hoy permanecen como muestra de la devastación urbana que también nos está despedazando el arraigo a una urbe a la que cualquier sujeto puede darse el lujo de alterar.

Las imágenes vistas ayer quedarán en la historia de la localidad como muestra de dos líderes bandidos que, por cotos de poder, vinieron a destrozar parte de uno de nuestros históricos y emblemáticos inmuebles de la ciudad. Que conste en la historia.