Guadalupe, Zac.- Había, eso sí, una larga, larguísima cola como de mil personas que iba de avenida Revolución y daba la vuelta a la esquina en Rafal Sánchez, muy cerca de donde se encuentra el edificio de los Testigos de Jehová.

Ahí fue donde este viernes se dieron cita muchos cincuentenarios o, para ser precisos, cincuentañeros, es decir, personas que, entre los 50 a 59 años de edad fueron inoculadas este día mediante la segunda dosis de Pfizer, la final, la última de dos que todos ellos esperaban recibir hace más de una semana.

Muchos, como don Cosme, estuvieron nerviosos hacía días porque leyó que no podía pasar más de 30 a 42 días entre la aplicación de la primera y la segunda; procedente de Valles, allá por la Condesa, don Cosme me informa que, según supo, de aplicársela más tarde, “ya no surtiría efecto”.

Sin embargo, la enfermera que se encuentra en el módulo de recepción le responde que, a sus casi 70 no debe preocuparse así y lo interroga, mientras el interpelado pone el oído que todavía le sirve a medias para responderle a la enfermera que la fecha anterior de inoculado fue el pasado 19 de mayo.

Ella utiliza sus dedos para decirle que, de entonces a la fecha apenas han pasado algo así como 37 días, lapso más que suficiente para que el casi septuagenario deje de alterarse; “porque de aquí se va a ir bien sanote”, señor, le responde un galeno al lado nuestro.

En la fila, muchos contemporáneos chacotean, pues saben que de ésta todos se van a ir a gusto. “Bien contentotes”, añade la señora Ramira Zúñiga, que así insiste en llamarse ella, porque así le gusta que le digan.

“Mis hijas y mis nietas me despertaron las canijas rete bien temprano: ‘Que ay, amá, no se le vaya a olvidar que debe ir a su vacuna’. Diablos de mujeres, destaca Ramira, ellas sí salen a la calle todo el tiempo y no saben que en cualquier momento pueden traerme el microbio. Pero quiera Dios que nada de eso pase, creo que ya me hubiera enfermado. Pero ahora, con el refuerzo voy a poder visitar a mi mamacita en la colonia Ejidal, sin preocupancias”, afirma al sellar con una sonrisa que muestra sus dientes sarrosos.

Me ocupo de leer el periódico mientras, pero todos dicen lo mismo: asesinatos por aquí, por allá, que si ya subieron las tasas de interés a 4 por ciento, que si la inflación galopa hasta seis por ciento, pero que de ahí va a empezar a bajar, pero al tercer trimestre del año venidero.

Chalío y Vicente, vecinos al lado en la cola irán pronto a recoger sus boletos para ir al concierto de Julión Álvarez, y la comadre de ambos, Sofía, les pregunta que si no le tienen miedo a que ahí contraigan el covid.

Ufanos le responden en coro: “No, con la gracia de Dios p’a ese dominguito en la Velaria ya estaremos cubiertitos del covicho, bueno, eso esperamos”.

Así la vida en las inmediaciones de la colonia la Fe, unida a la esperanza y la caridad. Pero la cola avanza rápido, nada la detiene; apenas 70 minutos después ya estamos todos adentro en espera de que los correcaminos con plumas celestes nos asignen un folio.

En lueguito, dentro del área de inoculación hay una fila de enfermeros vacunando a los cincuenteros y más.

Una voz irrumpe en el salón. “Espérese aquí, don, me ordena. Repose media hora y ni se le ocurra beber alcohol este fin de semana”. “P’a joderla, respondo yo, porque ahí en la esquina vide unos tintos que me parpadearon de lo lindo”.

¡Que tengan un buen día, pueden comer de todo, no ingerir alcohol, no tomen paracetamol y, si se sienten mal, anden, dense un bañito con agua tibia!, precisa la coordinadora de vigilancia en los 20 minutos de observación postpinchazo, por aquello de que no vaya a haber “reaiciones”.

Presumo que todos salieron felices caminando, van a sus casas a celebrar con sanas medidas precautorias, porque la vida sigue más allá del Delta y las otras cepas, cuyos nombres decidí olvidar nomás porque la enfermera que me inoculó estaba, la verdad, bien guapa.