Zacatecas, Zac.- Quizás ustedes lo han visto por las calles del Centro Histórico; porta un hábito de monje franciscano y parece como surgido de otras épocas, en las que Zacatecas pudo ser distinto.

Se trata de Luis Humberto Rodríguez, a quien se le podía ver bebiendo café en el Acrópolis, rodeado de sus amigos predilectos.

Cuenta la leyenda que este monje se “aparece” en uno de los costados del Mercado Genaro Codina, justo en el callejón que se prolonga hacia la avenida Juárez.

Este señor solía llevar una vida disipada, llena de copas, vino, mujeres, canto y, en ocasiones, hasta cognac; pero eso fue hace mucho tiempo.

Resulta que no sabría decirles cuándo, amigos lectores, pero fue luego de una parranda que este personaje fue asaltado por un grupo de pelafustanes quienes, además de robarle sus pertenencias, lo golpearon y dejaron inconsciente.

Desde entonces, Luis Humberto ya no pudo pararse, sino que, al ser trasladado al hospital, sus médicos lo condenaron con una sentencia: “Luis, no se haga ilusiones, porque usted ya no va a poder caminar”.

Fue entonces cuando su vida cambió, cogió los hábitos y, sin más, se lanzó a las calles a caminar, como pudo, con su andadera.

Al saberse inválido de por vida, Luis Humberto se transformó y comenzó a orar con tanto fervor que “Dios me permitió volver a ponerme de pie y a vender semillas”.

Cierto es que atrás quedaron los tiempos de licor y tabaco, pues hace algunos meses que el monje se dedica a predicar la hermandad franciscana, ya que su modelo de santidad más alto es el humilde sacerdote de Asís, nacido en Italia en la Edad Media.

Así, con los ojos inyectados por lágrimas, Luis Humberto relata cómo de haber sido un noble poderoso, San Francisco renunció a las riquezas materiales y a la mundanidad para tornarse milagroso.

Rodríguez dice que eso es lo que le ha permitido seguir vivo, ahí, donde otros hubieran muerto de desolación.

Además, detalla que, al haberse transformado Francisco, para amar a los animales y a la naturaleza, el monje italiano recibió la voz divina, que le pedía ayudar a los enfermos y menesterosos.

“Por eso, se dedicó a sanar leprosos, a quienes bañaba y sanaba, y a quienes, encima, besaba sus llagas purulentas, en el afán de ver en ellos la gracia de la divinidad”.

Así que, si a usted se le “aparece”, no dude en saludarlo.